Las risas estridentes rebotaban contra las paredes húmedas y hacían crujir la paciencia de los presentes. Eran explosiones huecas, carcajadas adolescentes disfrazadas de ingenio, que solo ellos celebraban. Dos gnomos de jardín con la pintura descascarada, viejos, opacos. Reían en su rincón como exiliados orgullosos de su destierro, encerrados en una cápsula de falsa superioridad fabricada con materiales baratos.

El aire olía a ropa sudada, a rabia fermentada, a un vómito seco que manchaba el piso bajo su mesa. El bar, oscuro, con las ventanas cerradas, apenas dejaba filtrar la mínima luz necesaria para que el cantinero preparara sus brebajes en botellas polvorientas con nombres elegantes.

Las risas me repugnaban. Sentía el impulso de levantarme y callarlos, pero el mismo asco me clavaba en la silla. Así que fijé la mirada en un punto cualquiera, como si pudiera convencerme de que aquellas figurillas deformes no eran más que parte del mobiliario. Bebí un sorbo de whisky en las rocas y lo dejé arder en la garganta, un fuego mínimo contra tanta podredumbre.

No siempre los vi grotescos y risibles. Hubo un tiempo en que me parecían gigantes, valiosos, imprescindibles. Reyes de un consejo invisible, heraldos de la verdad y del deber. Yo los escuchaba como si dictaran leyes desde lo alto: marcaban senderos, abrían caminos que yo nunca había visto. Me asombraba su aparente astucia, su forma de manejar multitudes, de silenciar detractores. Eran jueces y oráculos en un mismo cuerpo.

El líder era el gnomo del bastón: su voz retumbaba más alto que todas, dominando la sala con cada sentencia. A su lado, el de la espalda abultada repetía la misma broma, la misma frase, la misma sentencia una y otra vez, con la risa ingenua de quien cree descubrir algo nuevo en cada eco. El del bastón lo aplaudía siempre, como si oyera una revelación.

Y sin embargo… algo en mí se resistía. No encontraba palabras, solo esa incomodidad que me brotaba del estómago. Como si detrás de su grandilocuencia hubiera un vacío. Pero con tanta audiencia aplaudiendo, ¿quién era yo para contradecirlos? Callaba, convencido de que la falla estaba en mí. Y aun así, en lo más hondo, la duda seguía creciendo como una grieta.

Hoy los tengo enfrente, reducidos a su tamaño real. Ya no brillan; al contrario, parecen tragarse cualquier luz que los toque. Ya no tienen más público que ellos mismos.

El gnomo del bastón, otrora altivo, apenas puede sostenerse en su silla: está pegado a ella por su propio vómito. Se agita, finge indiferencia, actúa como si siguiera en control, pero la farsa se resquebraja cada vez que alguien se levanta y camina hacia la puerta. Entonces estalla: arroja vasos y botellas con una rabia ciega, como si cada cristal roto fuera un recordatorio de que él no puede moverse. Su rencor se respira en el aire, ácido y espeso. No odia a quienes se van por lo que son, los odia porque son libres de irse, mientras él está condenado a pudrirse sentado en su propia miseria.

A su lado, el otro gnomo, el de la espalda abultada y las piernas inciertas, sigue atrapado en el mismo bucle: repite las mismas bromas cien veces, con la risa boba de quien cree inventar el mundo en cada repetición. Cada eco suyo es celebrado por el bastón como si fuera revelación divina, y así giran juntos, como un carrusel oxidado que nunca se detiene.

La atmósfera del bar se espesa con cada chiste mal contado, con cada carcajada hueca, hipócrita. El cantinero los observa de reojo, calculando el momento en que crucen el umbral para echarlos definitivamente.

Este bar, nuestro bar, el de las confesiones, el humo y el olor gastado, existía antes que ellos. Y seguirá después. Yo mismo seguiré viniendo cuando no quede rastro de sus figuras.

No puedo evitar mirarlos y sentir decepción. No sé si más de ellos… o de mí, por haberme forzado a creer en la farsa que representaban.

Terminé el whisky y lo dejé sobre la barra como quien deja un cuerpo sin duelo. Las risas seguían ahí, huecas, repitiendo el mismo chiste oxidado hasta deshacerse en su propio eco. No eran gigantes ni jueces, apenas globos desinflados flotando en el aire rancio del bar. Yo mismo los había invitado a entrar, creyendo que tenían fondo, que había algo detrás de sus palabras. Nunca hubo nada.

La atmósfera pesaba como humo viejo. El cantinero lo sabía, yo también. El bar seguirá existiendo cuando sus voces se apaguen; seguirá conmigo, aunque vuelva una y otra vez a hundirme en él.

Que se pudran en su eco; yo siempre regresaré, porque este bar me pertenece