Tengo una nostalgia rara. Una que no visita mi habitación tan seguido y, cuando llega, se vuelve tan misteriosa que casi la disfruto. Nostalgia de decir te quiero cuando tus ojos se cruzaban con los míos y en ese choque inventaba cuentos, historias, versos, preguntas y suspiros. Nostalgia de decir te pienso sin importar la hora ni el lugar, como si esa certeza bastara para responder a cualquier pregunta.
Extraño la emoción anticipada de los días en que sabía que te vería. Esa emoción llegaba temprano, se quedaba conmigo, me hablaba de tu sonrisa, de tu piel blanca y suave. Yo quería acelerar el tiempo, sólo para verte. Solo para estar cerca.
Esperé al borde del camino a que algo volviera a ser, no igual, pero un poquito. El cansancio del hambre me durmió allí mismo, sin alimento ni excusas. Y cuando desperté, la nostalgia ya se había marchado. Se fue despacio, sin ruido, como un huésped educado que no deja nota.
Se llevó sus ansias, sus risas, sus deseos. Me dejó a mí, nada más, solito. Se llevó los te quiero y me dejó un te quise.

Deja una respuesta