Espejos del Abismo: Sinfonía de un Alma en Penumbra

Me hundí en el taburete frente a la barra del bar, un antro oscuro y húmedo que apestaba a tabaco rancio. El crujido del asiento al acomodarme resonó en mis oídos mientras apoyaba los codos sobre la superficie gastada. Exhalé, profunda y pesadamente, en un vano intento de exorcizar el infierno que me consumía por dentro. Era un tormento familiar, un inquilino recurrente de mi pecho que, presentía, volvería a ocuparlo muchas veces más. Como si existiera una brasa inextinguible, resistente a suspiros y antidepresivos, que reavivaba las llamas periódicamente.

Frente a mí, el cantinero pulía una copa con movimientos circulares y metódicos. Su mirada, cargada de sorna, me escrutaba con paciencia infinita. Esperaba, sin prisa alguna, a que levantara la vista, consciente de mi cautiverio crónico, de mi reincidencia en el mal, de mi excomunión de la esperanza.

«¿Lo de siempre?», preguntó con un deje de sarcasmo apenas disimulado.

Asentí en silencio, demasiado exhausto para articular palabra, hastiado de hallarme de nuevo en este lugar tantas veces visitado. La vergüenza y la culpa por mis recaídas me abrumaban, al igual que la decepción ante mis intentos casi cómicos, casi absurdos, de no regresar jamás.

La misma melodía añeja brotaba de los deteriorados altavoces, como atrapada en un bucle infinito. Evocaba tiempos anteriores y posteriores al mío, difuminando las fronteras temporales.

«Vuelves aquí porque es cómodo», sentenció una voz masculina y profunda a mi izquierda.

Giré levemente la cabeza. El hombre estaba sentado junto a la ventana que no dejaba pasar la luz, su silueta recortada contra el cristal opaco. Jamás había logrado distinguir sus facciones; siempre era la misma figura enigmática al extremo de la barra, bebiendo en silencio.

«Regresas porque aquí te sientes seguro», continuó sin mirarme, absorto en el contenido de su vaso. «Vuelves cuando el alma se te hace añicos, cuando el dolor de tus esfuerzos inútiles se torna insoportable y necesitas interrumpir el contacto con la realidad. Y seguirás viniendo, experimentando una y otra vez la fragmentación de tu ser, el terror al abandono y la desesperación ahogada en gritos que nadie escucha».

Hizo una pausa para dar un sorbo a su bebida antes de proseguir: «Conoces este bar a la perfección; es tu territorio. Este antro impregnado de tabaco, con polvo flotando en el aire y su barra de madera desgastada. Este refugio sombrío con su música anticuada y su cantinero vigilante, eternamente secando copas. Regresas en tus derrotas, que son frecuentes. Siempre pides lo mismo, bebiendo compulsivamente tu propio fracaso. Y lo disfrutas, a tu manera retorcida, lo saboreas».

Volví la mirada al vaso que el barman acababa de colocar frente a mí. Las palabras de aquel hombre resonaban ominosamente en mi interior. Di un trago a la bebida; el líquido ambarino no me hacía olvidar, sino que intensificaba el cruel sentimiento de abandono. Como si al revivir y potenciar deliberadamente esas sensaciones, obtuviera algún placer enfermizo.

Ya ni siquiera creía querer resolver mi situación; mi cuerpo roto carecía de la fuerza necesaria para intentarlo. Me había vuelto inevitable. Cada vez que me engañaba a mí mismo y salía de aquí, deambulaba por la vida con esperanzas vacuas de no retornar. Pero siempre volvía, con nuevas profundidades de dolor, como si buscara los límites de mi resistencia. Quizás creyendo que algún día tocaría fondo. Sin embargo, hasta ahora, siempre encontraba la manera de hundirme aún más.

Reconocía cierto deleite en el regreso, casi una comodidad perversa. Mi única certeza era este lugar, siempre dispuesto a recibirme. Tomé otro trago generoso, concentrándome en mi dolor, en mi abandono, sumido en un pozo de soledad tangible y ausencias que pesaban.

El hombre junto a la ventana encendió un cigarrillo. Inhaló profundamente, retuvo el humo y, tras una pausa calculada, sentenció: «Nunca serás elegido. Acostúmbrate a esta penumbra, bebe tu dolor con dignidad».

Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla ante esas palabras, pero una falsa sonrisa mecánica se dibujó en mi rostro. Hoy no deseaba salir de allí.