Absurdo.
El humo me raspa la garganta. El aire es un ladrón: entra, me llena y me vacía. Las enfermeras pasan con esa cara de mirar otra cosa, como si yo fuera un accidente en la cuneta. El frío es pared, humedad, olor a madera podrida. El silencio no es silencio: es algo que te muerde los tobillos. Todo aquí sabe que no estás.
No tengo tu mirada furtiva, esa que no dice nada y me lo dice todo. Vivo con migajas, pero sin ti es hambre pura. Ese menos se siente primero como hueco y después como cuchillo, como si me arrancaran un puñado de costillas para que el eco tenga espacio de sobra.
Quiero dejar de sentirte. De pensarte. De soñarte. De inventar escenas en la cabeza que nunca llegan. Quiero dejar de buscarte para encontrar sólo las sobras de tus miradas. Desprenderme de este temblor en el pecho. Y de las ganas de abrazarte cuando estás. Y de las ganas de que estés cuando te vas.
¿Cómo me desengancho de ti?
¿Cómo rompo la cadena? La que va del pecho al tuyo. De mi boca a la tuya. De mis ojos a los tuyos.
Quiero parar.
Me quiero bajar.
No sé cómo.
Quiero dejar de imaginarte, de anticiparte, de recordarte. Quiero parar. Lo digo como quien intenta frenar un caballo que ya probó la sangre. ¿Acaso es rendirme? Yo, que nunca bajo la frente. ¿Por qué no puedo soltarte? Esto está por encima de cualquier herida que haya probado antes, más hondo que todo lo que me ha pasado nunca. ¿Por qué?
La pregunta rebota contra las paredes húmedas de mi bodega. Ahí están mis escombros, mis ganchos oxidados, mi necesidad de que alguien me saque. El polvo, la humedad, las piedras que cortan. Los ecos de burlas mezclados con un juramento viejo: que no ganen, que no me vean perder.
Y ahí me descubro: no es hacia aventuras desconocidas que me arrastra este fuego, es hacia ti. Como si fueras la prueba final de que ellos no ganarán. De que no voy a perder. Detesto a los que se ríen, los que se burlan. El fuego me empuja hacia la orilla donde estás.
No ganarán.
No son más que yo.
No me conocen.
Y aun así, aprieto la cadena. La bodega tiembla, como si adivinara mi decisión. El aire arde en mi garganta. Tal vez soltar no sea huir, sino incendiar la puerta hasta que no quede nada que me retenga. No sé si saltar es caer o volar.

Deja una respuesta