Puer Aeternus

V2

Entro al bar. La penumbra es densa y mi corazón trémulo me guía hacia la pálida luz de la barra. Ahí, el omnipresente cantinero me observa con una mueca grotesca que apenas sugiere una sonrisa. «Te ves cansado,» dice, su voz raspando el aire, mientras me acomodo en el banquillo frente a él. Sin responderle, harto, pido lo de siempre. Antes de terminar mi pedido, ya coloca un vaso corto y ancho de ron en las rocas sobre una servilleta blanca y pulcra.

Rara vez hablo con el cantinero. Suelo llegar con poemas en la mente, con poesía en los labios, con canciones de Sabina o de Rodríguez en la garganta. No deseo cambiar eso ahora. Doy un sorbo al ron y lo siento quemar la parte de atrás de mi lengua, mi garganta y mi estómago. Dejo caer todo el peso del mundo sobre mis hombros, como si se rindieran de cansancio. Miro el vaso y suspiro inadvertidamente. El cantinero, que no se ha movido desde que me sirvió, sonríe burlonamente y con sorna exclama:

«¿Así de intensa la vida, eh?» Su risa estruendosa retumba por la oscuridad del local y se amplifica con el eco de los vacíos circundantes. Se “detiene haciendo que caiga un silencio estrepitoso entre nosotros. Se acomoda frente a mi poniendo los codos sobre la barra y me mira fijamente: Ni la salvaste, ni la salvarás. Eres un hoyo negro. Un patético y lastimoso hoyo negro. Un huracán sin viento, una nube gris sin agua. Una colección de arrepentimientos. Un patético general sin soldados, sin guerra y sin valor para lucharla. Deja la última frase colgando en el silencio dándole teatralidad y profundidad a su discurso mientras me mira fijamente, sin parpadear a los ojos. Da un golpe en la mesa, y vuelve al estruendo de su voz, de su risa, de su burla. Pero sonríe, cabrón, que nos vas a arrastrar a tus tormentas a todos. Ni que fuera la primera vez, ni que no hubieras aprendido a disfrutarlo, ni que quisieras cambiar, cobarde. Sabes que estás seguro aquí, en este maldito bar olvidado en las penumbras, lleno de todas las pieles que has cambiado, y todas las palabras que has tachado de tu interminable y aburrida declaración de principios. Venga, da otro sorbo, bebe impunemente, que por más que bebas, aquí nos encargamos que no olvides.

Las palabras del cantinero no me ofenden, no me provocan defenderme. Más bien, me avergüenzan como avergüenzan las verdades dolorosas. Soy una interminable declaración de principios. Llena de enmiendas, tachaduras y añadidos a lápiz. Retazos de otras declaraciones pegadas con saliva.

Exhalo pesadamente mientras hago un recuento en m mente de lo poco y de lo mucho, de lo absurdo y lo vergonzoso, de lo que es y lo que quise que fuera. No logré que se quedara. La atraje a la puerta, la hipnoticé con mi perfume, le di brillo a sus ojos con mis palabras, le ofrecí esperanza con mi atrevimiento calculado, le gestioné hechizos con mis manos, esgrimí lanzas y silogismos con mis ojos, pero no pude hacerla entrar. Se quedó en la puerta, otra vez. Como siempre, como todas, otra maldita vez.

Doy otro trago al ron, que esta vez no me cala, y el calor que me atraviesa el pecho se expande sin control, apasionado, elocuente, orgásmico y no puedo contenerme así que reviento el vaso contra el espejo frente a mí. Los fragmentos vuelan, reflejando destellos de luz y sombras. Cada trozo cae como un eco de mis derrotas, con todo el dolor de mis caídas, con todo el frío de mi soledad.

«Puer aeternus!» grita un hombre misterioso vestido de negro, oculto por las sombras y la escasa luz del local, al estridente sonido de los vidrios del espejo cayendo al suelo. «Puer aeternus!» grita mientras ríe con la risa de mil fracasos, con la risa de quien ha escuchado el mismo chiste mil veces y aún lo encuentra divertido. «Puer aeternus!» grita mientras levanta su copa y, mirándome desde el otro extremo de la barra, me grita: «¡Salud!»

Levanto mi mano vacía fingiendo que agarro un vaso, y con los ojos desbordados de lágrimas le respondo: «¡Salud!»

«Esta noche invito yo,» grito al cantinero. «Mis tragos y los de mi demonio, aquel con quien he brindado. Esta noche pago yo.»

El cantinero se ríe de nuevo en voz alta, una risa que me hiela la sangre y pomposamente y exagerada teatralidad me dice: «Siempre has pagado tú,» mientras su risa se convierte en tos, su tos en silencio, el silencio en oscuridad y la oscuridad en telón que cae. La oscuridad se cierra. Aplaudo, solo, mientras el eco de mi soledad resuena en el teatro vacío.