Un mar. Un mar en calma, pero tenso. El agua es oscura ahora. No hay olas, no se ve la costa. Un mar que no dice nada pero para quien sabe leer las señales es un mar preparando algo. Se puede sentir en la boca del estómago ese presagio inexplicable.
Un cielo. Un cielo que no se decide entre pintarse de azul o de gris. Incierto. Inseguro. Esperando que el mar lo valide. Pero el mar no dice nada. No mira al cielo.
Y llega el viento. Con su risa burlona. No contagiosa, más bien, de esas risas que ocultan violencia. Frio de entrada. No se presenta poco a poco, con delicadeza, con educación. Llega así, como es.
Un inevitable. Un pulso que comienza a acelerarse y lo noto en el temblor de los dedos de mis manos. Una amenaza amorfa, ininteligible, indescifrable. Un batallón tomando armas y moviéndose con prisa, en silencio pero con prisa. Se alistan. El silencio lo hace más peligroso, más intenso. No dicen nada, se preparan.
Dos soldados llegan al ojo derecho. Se apostan. Listos. ¿Listos para qué? Están listos. Llegan casi al mismo tiempo dos más al ojo izquierdo. Los soldados están atentos. Ojos grandes. Callados. ¿Con miedo?
Se cierra la boca cuando otro soldado mueve la manivela que la controla, la cierra, la cierra de más. La aprieta. Se escucha el crujir de la quijada clausurándose.
La piel en alerta máxima. Toda la piel de los brazos, de la cara, del cuello en alerta máxima. El mínimo roce del aire activa las alarmas. Un calor recorre las mejillas. Un calor que va de abajo a arriba.
Comienza a encenderse la maquinaria que pone en sobremarcha la respiración. Se oye rugir el motor que maneja todo ese sistema. Encendiéndose. Acelerándola.
Estamos listos. Todos listos. Estamos preparados. ¿Para qué?
Viene el día como una ola inmensa que se forma en ese mar del que ya hablamos. Una ola inmensa, alta, sería, gris. Gris espanto. ¿Cuál día? El lunes. El Lunes llega. Creo que nos hundirá la ola. Al fondo del mar. A donde falta la respiración y sobra la desesperación. Ya escucho, ya anticipo el estruendo de la ola rompiendo en pedazos mi frágil barco de madera simple, humilde. Mil pedazos y entonces al agua. Al mar. Frío. Indiferente. Me hundo. Poco a poco me hundo. Como en cámara lenta. Todo oscurece. Ya he estado antes aqui, varias veces. Rodeado de agua salada fría y punzante.
Me traga el mar, otra vez me traga el mar. Que me escupa en la arena pronto, o cuando él quiera. Ya aprendi lo inútil que es querer controlar cuándo o qué hace el mar. No escucha. No siente. No le importa. No le importo. No soy. Él es.
No muero, no. Ni siquiera eso puedo hacer. Repito el cuento desde el inicio. Un mar… un mar en calma pero tenso….

Deja una respuesta