Ahí estaba mi cuerpo otra vez: tendido sobre la acera sucia de la calle, el polvo, la tierra. Ausente de mi. Y todos mis dolores ausentes de mi, y todas mis preocupaciones como si hubieran sido apagadas por un switch inmisericorde. On, Off… silencio, ni siquiera oscuridad. No existe la oscuridad cuando te mueres o te acercas al precipicio y aunque no saltes resbalas un poco por él. Ahí tendido mi pobre cuerpo que tanto ha sufrido y tanto ha respondido. Recuerdo muy bien mi diálogo interior en el momento previo al corte: No hay nada que hacer, no es tan malo, no es tan malo. Y así, cesó mi terror del mareo catastrófico, cesó mi conciencia de los latidos acelerados, desbocados de mi corazón que golpeaba mi pecho y mis orejas. Cesó mi alerta máxima corporal y las instrucciones que me daba ese general entrenado en emergencias que habita dentro de mi y tiene voz firme y dura y directa: siéntate, ¿aquí? Si! Aquí! Siéntate. Ahora recuéstate. Tienes que recostarte. Pero estoy en piso sucio del estacionamiento! Recuéstate que ya viene! Ok, ok. Ok. Qué viene? Qué viene? Silencio… ausencia todo. Ausencia total de todo. Un Espacio cómodo, debo confesar. Muy cómodo. Un espacio acogedor, hasta tierno que sostenía mi cuerpo apagados los sentidos ya. Sin sensación alguna. Toda la ansiedad que sentí cuando salí del coche y me puse de pie como si nada. Cuando entonces vino el mareo brutal. El corazón latiendo fuerte y rápido. La falta de aire. La ligereza de la cabeza, como sin peso. Toda esa ansiedad y miedo que fue subyugada al general ese que actúa en emergencias. Una voz que está en mi cabeza pero oigo sólo cuando estoy cerca de morirme tantito. Estaba yo ahí, saliendo del coche, y sintiendo el presagio mortal. Y me recargué sobre el techo del coche, y escuché a mi papá preguntar con miedo y severidad: ¿Qué tienes? ¿Te mareaste? Y no respondí porque estaba ocupado peleando con lo que sentía. Y bueno, me senté, me acoste y pum! Off…
Todo cesó. Dejé de sufrir, de pelear por aire, de pelear con mi corazón acelerado. Todo cesó. Se apagó, Off. Y dos eternidades después se me concedió volver. Volví porque una voz me gritaba, asustada: Tranquilo Joelito, Tranquilo, abre los ojos, abre los ojos…. Y una mano tallaba mi esternón. Fue un fade in lento… de negros al rostro de mi papá. Esa voz que me gritaba y me decía tranquilo hijo, llegó poco a poco, como de un lugar muy lejano y se hizo más fuerte. Y abrí los ojos. Confundido. Miré a mi papá. Le dije: no sé qué le dije carajo. Algo le dije. Yo, en el piso del estacionamiento, sucio, lleno de tierra. Y ahora habían personas a mi alrededor. Varias personas que no conocía haciendo preguntas: Necesita una ambulancia señor? ¿Cómo está él, ya reaccionó? NECESITA UNA AMBULANCIA?? Apremiaban las voces. Gente que n conozco que ya nos rodeaban. Asustados. El vecino aquí tambien, ya estaba mi mamá aquí tambien, la lado de mi, entre la gente. ¿Cuánto tiempo estuve OFF? Esto no fue normal, no fue un momentito. Dio tiempo que le avisaran a mi mamá, que estaba en la casa y viniera hasta acá. Dio tiempo de eso. Fueron más de 4 minutos dijo mi papá después.
Poco a poco comencé a hilar: Luego de acostarme en el suelo, me fui. Off.. Por primera vez en 9 años de hemodiálisis. Por primera vez me fui y me fui por más de 4 minutos. Gente que se acercaba, gente que nunca había visto queriendo ayudar. ¿Vecinos? ¿Gente que pasaba y me vió en el piso? ¿Que vió a mi papá desesperado hablándome, gritándome, queriendo despertarme?
Fue día de hemodiálisis. Salí de la “hemo” y, como cada Lunes, mi papá me acompaña. Los demás días voy solo, pero hoy era Lunes. Y veníamos de regreso de la hemo sin nada que adelantara lo que sucedería. Platicábamos en el coche, hablábamos de coches y de galletas… Y llegamos a casa. Y nos estacionamos. Y me bajé del coche….
Me pusieron alcohol bajo la nariz, me dieron sal debajo de la lengua. Me llevaron entre dos a casa cuando pude levantarme: mi papá y el vecino, Pau. Seguía muy confundido. Y me pusieron en la cama. Y ahí otra batalla, porque la presión no subía, al contrario, bajaba. Así que, 911… llegaron los paramédicos. Me pusieron cables por todo el pecho, le picaron un dedo con una aguja. Y todo se leía ya en orden. Había que esperar nada más.
Lo que no perdono es haber asustado así a mi papá. Me siento culpable por el miedo que sintió al tenerme ahí, tirado en el piso el estacionamiento sin saber cómo traerme de regreso de allá, de donde estaba. No se donde es. Pero me trajo.

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